A menudo imaginamos a Daniel como un joven en el foso, pero la historia nos dice que probablemente tenía cerca de 80 años. Lo que vemos en el foso no fue un acto impulsivo de valentía juvenil, sino el fruto de una vida entera de consagración.
Daniel no empezó a orar cuando salió el decreto (Daniel 6:10); él ya tenía el hábito de abrir sus ventanas hacia Jerusalén tres veces al día, y seguramente en sus momentos más difíciles, buscaba a Dios muchas veces más. Su victoria no comenzó frente a los leones, sino en la intimidad de su habitación, donde por décadas cultivó una relación inquebrantable con el Padre. Su fe no era una emoción del momento, sino una disciplina de vida.
Incluso ante la injusticia, su testimonio fue tan impecable que sus enemigos lo admitieron (Daniel 6:5)
La integridad no tiene fecha de vencimiento y la búsqueda de Dios no se detiene con los años. Daniel nos enseña que una vida de oración constante (mañana, tarde y noche) es lo que nos prepara para cualquier foso, sin importar la edad que tengamos o el desafío que enfrentemos. El Dios que cerró la boca de los leones es el mismo que hoy camina con nosotros.
No esperemos a la crisis para buscar Su rostro. Que nuestra «ventana» esté siempre abierta, porque el Dios que sostuvo a Daniel, es el mismo que nos sostendrá hoy.